BRASIL, SABANA Y CARBONO
Cuando hablamos de clima y emisiones y nos referimos a
Brasil, generalmente hacemos referencia, en primer lugar, a la selva Amazónica
como un gran receptáculo de reserva de carbono. Pero ese país cuenta con un
segundo inmenso receptáculo de carbono, el Cerrado, una extensa sabana, cuyos
humedales permiten el desarrollo de turbales y cuya biodiversidad es de las más
ricas del mundo. Y así como en el Amazonas la desmedida expansión de la
agricultura y la ganadería – además de la forestería, y la explotación de sus
reservas minerales – amenazan sus reservas de carbono, en el Cerrado la
expansión desmedida de los cultivos de soja amenazan el que se estima es un
reservorio de carbono seis veces mayor que el del Amazonas.
El ciclo natural de la vida de los abundantes pastos de la
sabana hace que su material orgánico se descomponga en el suelo. Pero debido al
encharcamiento de los humedales de la sabana hace que, por falta de oxígeno, su
descomposición libere grandes cantidades de carbono que se transforman en turba
bajo los humedales.
Pero el Cerrado está sujeto a una temporada de seca y una
lluviosa. En esta última los grandes acuíferos subterráneos mantienen húmedas
las partes bajas del entorno, favoreciendo en esos puntos la ausencia de
oxígeno y, así, la mantención de los turbales. De hecho, el Cerrado es la fuente de ocho de los
doce principales ríos del Brasil.
Pero si la
agricultura, particularmente los cultivos de soja, se extienden fuera de los
humedales, es con el agua de estos con la que se riegan los cultivos, secando
los turbales que se dañan irreversiblemente.
A esto se añade
que el cambio climático está haciendo más cálido el ambiente del Cerrado
aumentando la velocidad de secado de los humedales y dejando accesible el
carbono de la turba favoreciendo extensos incendios de los pastizales que dañan
irreversiblemente las turberas.
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